Durante 1.400 años, la tinta se fue comiendo sus propias páginas
La tinta ferrogálica —la tinta estándar en Europa desde la época romana hasta el siglo XIX— se preparaba con agallas de roble, esos bultos del tamaño de una canica que una diminuta avispa provoca en las ramas del roble, mezcladas con sales de hierro. La reacción la deja fuertemente ácida, en torno a pH 1–3, y a lo largo de los siglos ese ácido ataca la celulosa del papel: lo vuelve marrón, lo hace quebradizo y a veces lo perfora de lado a lado. El daño se ve hoy en los dibujos de Leonardo da Vinci, en los manuscritos de Bach y Victor Hugo, y en los primeros borradores de la Constitución de Estados Unidos.