Los satélites se calibran con este espejo de sal
A lo largo de unos 10.000 kilómetros cuadrados, el suelo sube y baja menos de un metro, lo que lo convierte en el lugar más plano de la Tierra. Tras la lluvia, una fina capa de agua quietísima lo transforma en un espejo de hasta 129 km de ancho. Esa superficie lisa, brillante y perfectamente nivelada es tan fiable que las agencias espaciales la usan para calibrar los altímetros de los satélites de observación terrestre: unas cinco veces mejor que apuntar al mar abierto.